Stranger Things, nostalgia y poco más

Un pueblo chico. Un grupo de amigos, todos niños, todos aventureros. Uno de ellos desaparece y ahí empieza la historia. ¿Dónde se metió el cabro chico? Es la pregunta que todos en Hawkins intentarán responder. En tanto se va desenrollando una trama cuática con el gobierno de EE.UU, Demogorgon y una niña llamada Elle (corto para Eleven, como el número).  Desde el minuto uno Stranger Things es una serie con corazón, puro corazón. Llena de nostalgia, guiños y referencias que la convierten en un buen homenaje a Spielberg, Stephen King, Carpenter, Raimi  y la lista suma y sigue.

Hace casi un mes se estrenó y no hay quien no haya escuchado hablar de ella. Aunque ha sido un éxito y es de consumo rápido (solo una temporada de 8 capítulos), creo que si no fueran los niños de los 80 quienes amaron Stranger Things y la consagraron, no hubiese pegado tanto.

En esta serie nada quedó al azar. Entre walkies talkies que funcionan como nunca me funcionaron a mí, bicicletas, policías tontos, caminatas por las vías del tren, bosques húmedos y peleas sinceras, esta serie se va construyendo mientras carece de una identidad propia.

stranger things

Los Goonies y Cuenta conmigo son la premisa principal. La serie logra capturar super bien eso de ser niño, de la aventura, de andar por lugares que no deberías y de los riesgos que no sabes que existen, pero no ofrece nada muy original. Es más, hay escenas que hacen sentir incómodo, como cuando visten a Eleven (estoy segura que la peluca es la misma que ET). “The upside down”  es el mismo que en Under the skin.  Y la pelea media injustificada, media ridícula, entre Steve y Jonathan (díganme que Nancy, Steve, Jonathan, Barbara, Carol y Tommy no tienen algo de Pretty in pink o The breakfast club. Algo medio awkward). La hermana sabelotodo enamorada del popular que al final del día tiene sentimientos y los recursos tipo Fargo, pueblo chico, policías ineptos a los Duffer no les resulta tan bien como a los Coen y solo contribuyen a que Stranger Things se sienta como una torta de biscocho y cubierta de chocolate. Una delicia, pero hostiga.

Lo que si me gustó de esta nueva apuesta de Netflix es la música, que trasmite lo mejor de los sintetizadores de Carpenter y acompaña las hazañas de los protagonistas de una forma que pocas series y películas logran. El papel de Winona, con una postura tan estresada y ojos tan perdidos y atormentados como los de la mamá de Malcolm, la trajo de vuelta por un camino que espero, sea sin retorno.

Un mérito de Stranger Things es que sin necesidad de abusar de los sustos saltones a los que el cine y las series nos han acostumbrado, deja al espectador esperando más, lo va metiendo en la serie y a punta de nostalgia y bonitos recuerdos de infancia no hace fácil dejar de verla. Pero me cuestiono si ese recurso funcionaría para aquellos que no se identifican con la niñez ochentera.

Es un homenaje bien hecho a todo lo que gusta de los 80, pero no es la serie del año como he leído por ahí, no funcionaría tan espectacularmente si fuera otra década la base de su sustento, y por último, no es bueno tener que esperar hasta el capítulo 4 para empezar a engancharte. Al final pienso que Stranger Things es como Breaking Bad o el sushi, un gusto adquirido.

Mención aparte la actuación de Mike, Will, Lucas, Dustin y Eleven, al regreso de Winona y al empeño de los Duffer por ver tanto cine.

¿Es una buena serie? Sí, tiene buenas tomas, buena música, actuaciones memorables (Eleven pasará a la historia), buena fotografía, buen todo hasta que recuerdas que ese todo es algo que ya viste. Eso sí, el homenaje lo hace bien, pero hay que estar en el mood para verla. O ser de esos que prenden rápido con la idea “todo tiempo pasado fue mejor”.

                                                                                                                               -V

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Volática

Me gusta tejer, hornear cosas y los perros.

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