Columna: “Diamond Jackson”, la coreografía de los sueños

Normalmente cuando vamos caminando por la calle no notamos lo que pasa a nuestro alrededor. Estamos tan preocupados de nuestros propios asuntos que todo lo demás pasa a segundo plano. Aquel miércoles me encontraba precisamente en ello, pensando en las mil y una cosas que debía hacer para la casa, para el trabajo, para mi propio goce.

Pero frené en seco al llegar frente a la galería Plenocentro. Allí, en el corazón de Calle Valparaíso, un grupo de chicos dejó una gorra en medio, un parlante un poco más atrás y se pusieron en una fila, todo previamente coordinado. La música pop de fondo me advirtió que esta intervención era algo digno de ver y no me equivoqué para nada.

Los chicos se movían con una gracia inmensa, energía desbordante por todos sus poros, haciendo pasos que yo misma no lograba comprender. ¡Miren eso de abrirse de piernas totalmente en el piso! Y esas caderas que, al ritmo de la canción, marcaban su movimiento, uno, dos, tres.

Luego de ser no más que diez o quince personas observándoles, pude notar que más gente se congregaba a su alrededor, admirados no solo por la destreza de los muchachos en el baile, sino también de esa sensación de libertad que transmitían. Esa idea de “hey, aquí estamos y tenemos algo que mostrar. ¡A brillar!”

Así fue mi primer encuentro con Diamond Jackson, una agrupación de bailarines de la región que fueron descubiertos en audiciones por Benjamín Cofré, un ‘coach’ más que motivado por hacer de los sueños de estos muchachos una realidad.

Sus inicios fueron varipintos. Algunos ya bailaban antes de siquiera unirse a la agrupación, subiendo sus vídeos práctica a la plataforma de Youtube, otros no tenían experiencia alguna en baile. Y poco a poco, por medio de audiciones, ganas y motivación, la agrupación Diamond Jackson formó sus raíces, con la gran meta de ser una agrupación de talentos en baile reconocida, tener una marca que les acompañe para seguir mostrando sus dotes.

Al verles bailar no pude evitar recordar a mi hermana pequeña, quien también es una bailarina de corazón. El estilo de Diamond Jackson, una mezcla entre hip hop, pop, girly y más caía precisamente en los que mi pequeña hermana practicaba.

Diamond Jackson Dance

 

Para Branco Leiva esta academia de baile coincidió con sus propios sueños, lo cual le motivó aún más a unirse. Sus energías y motivación me motivaron a preguntarle más de ellos, más de los sueños que reúnen a tantos bailarines en un grupo de baile.

“Este año comenzamos en la academia. Nuestra meta claramente es ser una agrupación reconocida, ese es nuestro sueño. Creo que en la Quinta Región hay muchos talentos sin ser descubiertos. Muchos de los que estamos en el grupo no bailábamos y ahora lo hacemos. Estamos viviendo de esto, que es lo que nos importa”.

Aún más encantada con la energía que irradiaba él, como sus compañeros, me atrevía averiguar más de esta nueva luz del baile en la región, llamada Diamond Jackson.

La agrupación está dividida en cinco categorías: Junior (de 8 a 13 años), Senior (de 14 a 18 años), Open Jackson (de 18 en adelante) y Manly y Fem (la primera solo para hombres y la última solo para chicas). Aproximadamente son entre 200 y 250, sumando los integrantes de Diamond Jackson Academy. ¡Íncreíble!

A pesar de no tener un sitio como otras academias de baile, estos chicos se las han ingeniado para tener un lugar en el cual practicar. De momento el local que les alberga es junto al grupo de cheer Diamond, en el colegio María Auxiliadora, donde les facilitan una sala con espejos para que los cinco equipos y la Academia puedan practicar.

Destacó, en lo que me contaba, que no era necesario llegar con habilidades para bailar. Lo que más llama la atención es eso, sin duda: que chicos de todas las edades, con o sin experiencia previa en baile, pueden llegar a Diamond Jackson para aprender, para formar lazos y, de esta manera, congregarse todos en torno a un sueño en común: brillar como agrupación.

Luego de verlos un rato más volví a la rutina diaria, pero ya no era lo mismo. Mi cabeza no estuvo centrada en el trabajo, en las tareas o en los problemas que tuviera. Estaba centrado en la imagen de estos chicos bailando para un público, invitándoles a participar y recibiendo más que aplausos o monedas. Porque de mi parte, al menos, no solo se llevaron esa muestra típica de admiración por parte de una simple espectadora. También se llevaron mi corazón.

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